sábado, 10 de diciembre de 2011

Tan finos y olvidados

En 1988 se hicieron famosos por una sola canción. Cuando aún sobrevivían los casetes y los discos de vinilo, sin cable y apenas unos cuantos canales de televisión. Y sin tener noción alguna del mundo que me rodeaba, pasaron los años y la tecnología vino para recordarme todo lo que no viví y no pude conocer.
Fine Young Cannibals, The Raw & The Cooked (1988). Es tan fácil saber ahora de ellos por Internet. Pero ya no existen, y siempre me diré que hubiese sido mejor gozar el momento cuando aún eran parte del mismo mundo que yo vivía.
She Drives Me Crazy aún será escuchada por algunos (seamos sinceros, dudo que las nuevas generaciones tengan tiempo para mirar atrás).
Pero aquí rescato algunas otras melodías: Suspicious Minds (1985), Don't look back (1988),
I'm not the man I used to be (1988), Tell me what (1988).

Lo que ya no es, jamás volverá a ser.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sueños en la oscuridad

La mejor versión de Dark City (1998) la contemplé en un canal de cable (no tuve la fortuna de verla en el cine, y cuando digo cine  me refiero a los de antes). Fue la mejor versión porque vi solo el último tercio del film. La sensación fue casi onírica, apenas entendía algo y la oscuridad de la habitación parecía fundirse con las calles y los edificios vacíos y grises de la historia. Por alguna razón no me gustó Rufus Sewell, a pesar de su intensa actuación; pero me conmueve William Hurt, a la vez que Kiefer Sutherland contagia su ansiedad enfermiza y Jennifer Connelly es simplemente la dama de nuestros sueños.
Alex Proyas hizo su mejor obra y el resto son solo fantasmales presencias como los Ocultos de su historia (a excepción de la encomiable The Crow de 1994). Dark City es densa y perfecta en su relato, en su claustrofóbica ambientación, en el genial e imaginativo guión y por aquella escena final, grandiosa y estremecedora, como cada vez que nos asomamos al vértigo inconmensurable del universo.
Fui afortunado, pues no tuve que soportar la versión de los productores, con la voz en off al inicio de Sutherland que todo lo explica y todo lo echa a perder, con la escena del final corrompida y puesta al inicio.
Alex Proyas por fin ha hecho la versión del director (están de moda porque significa dinero para ese gran monstruo llamado consumo en todas sus formas).
Dark City merecía ser vista en esos cines antiguos, de grandes salas y viejas butacas rojas. De techos amplísimos y lejanos, y muros con relieves de figuras griegas. Aquellos en que un invisible operario daba vida al proyector y extrañas y anónimas formas contemplaban al unísono la imagen maravillosa tras subir el telón. Y luego todas, al igual que la última imagen proyectada, se fundían en un agónico silencio.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

The Great Pretender



El pasado 24 de noviembre se cumplieron 20 años de la muerte de un verdadero icono del rock mundial, el gran Feddie Mercury.


Su muerte, a causa de los efectos degenerativos del virus VIH, tomó por sorpresa a la comunidad mundial pues tan sólo un día antes, el 23 de noviembre de 1991, el mismo Freddie había hecho pública su enfermedad.


Junto a Brian May, Roger Taylor y Jhon Deacon formaron una de las bandas más célebres en el mundo, Queen que desde su aparición en 1973 se mostró como una de las bandas más importantes de todos los tiempos.


Freddie Mercury, o Farrokh Bulsara (su verdadero nombre), es sin lugar a dudas uno de los mejores intérpretes que hayan existido (hay quienes opinan que fue simplemente el mejor) y uno de los frontmans más completos (le pelea el ser el mejor a Mick Jagger), capaz de hacer que miles de personas lo sigan en divertidos juegos vocales durante sus presentaciones.


Sirvan estas líneas a modo de pequeño homenaje, a uno de los grandes.

martes, 6 de diciembre de 2011

La balada del vampiro

Dicen que la juventud es un divino tesoro. Yo digo que la juventud es estúpida. Arrogante, cretina, ingenua y torpe. Fácil de engañar y de seducir. Tarda demasiados años en liberarse de sus inseguridades y de limpiarse de su ciega arrogancia, en arrancarse lo fatuo y en valorar lo bello en lo sincero y simple. No es generosa ni agradecida, abusa de sí misma, de todas sus capacidades físicas y sensoriales, y desperdicia su creatividad a flor de piel en una complaciente autocompasión.
El Vampiro de Edvard Munch.
No conoce la moderación en lo adecuado ni en lo vil, y solo entiende de la estridencia y de la furia, del lamento y de la autodestrucción. Dominada por sus instintos primarios, yace en una delirante y afiebrada orfandad de ideas y cautiva en los empalagosos halagos de quienes, ya adultos, lamen sedientos la cercanía de las nuevas almas.
Porque la adultez es igual de estúpida, pero también siniestra. Entre el rezago de los años que se fueron y la cercanía de los pocos que aún le quedan, se complace en susurrar a los jóvenes oídos: “El futuro es vuestro. Todo lo que veis aquí os pertenece. Solo dennos vuestros sueños, vuestros anhelos e ideas, vuestra espontánea  alegría, vuestra energía interminable y la tersura de vuestra piel. Todo lo demás os pertenece”.

Y la historia se repite, sutilmente distinta y por ello aun más terrible.



No puedes velar por siempre

Hace muchos años, con diez humildes monedas, pude comprar siete libros viejos. Fue aquel día mi mayor orgullo. Pero habían muchos más. Libros corroídos, lanzados una y otra vez a la pira. Libros con alma sobre el frío concreto, atacados por pisadas y el hollín de fábricas y motores.

Recuerdo la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino en latín, un Manual de Caballería de finales del siglo XIX, el Mundo es Ancho y Ajeno en inglés, Las Flores del Mal de Baudelaire con anónimos apuntes a lápiz, una edición popular de El Escarabajo de Oro de Poe, en cuya página de respeto, fechada en los años cincuenta, un director y sus alumnos se despedían agradecidos de la maestra que retornaba a la gran ciudad.

"Mañana regreso", me decía. Acaso a la espera de un hallazgo mejor y perfecto. Pero los libros se transfiguraban y nunca volvía a hallar aquel puesto que creía fijado en mi mente. Los libros no esperan. Como las pequeñas alegrías, los planes de aventura, las gratas sorpresas, la promesa de un beso, como el ser amado. Se muestran ante ti, se abren, a veces heridos, a veces imperfectos, a veces dañados, aunque prontos a entregarse. Tal vez si regresas mañana, ya no los encuentres.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Jeune femme lisant

Ella leía Ceremonias (1968) de Cortázar. Vestía un traje ligero, como su andar, grácil y libre de las vanidades del mundo. Ajena a todo, al ir y venir de la gente, a las llamadas por el altavoz, a la inquietud del resto.


"¿Y si lees Historia de Cronopios y de Famas (1962)?", imagino decirle. Y ella, con el rostro aún limpio del paso del tiempo y sus ojos calmos me pregunta: "¿Es de Cortázar?". "Por supuesto", le digo, mientras contemplo su serena confianza. Una sonrisa alegre e inquieta adorna su rostro. Me siento a su lado. Ella me mira y cierra el libro.


Ella lee ajena a todo, al ir y venir de la gente, a las llamadas por el altavoz, a la inquietud del resto. Paso sin verla, apremiado por el tiempo. Si tienes suerte, ya sabes qué decirle. Envuelta en su traje ligero, grácil y libre de las vanidades del mundo, te mirará con sus ojos calmos para sonreírte alegre e inquieta.

Hoy leerá a Cortázar.

sábado, 3 de diciembre de 2011

El silencio y el grito


3:12 am. Por alguna razón pienso en El país del silencio y la oscuridad (1971) de Werner Herzog. ¿Qué haces en medio de la madrugada cuando la mente ya no genera ideas pero aun así eres consciente de ti mismo? Pienso al menos que eso es un lujo. Un instante para existir. Lejos del ruido de la calle, de la agobiante o feliz rutina (según cada quién). Otra noche, otra madrugada, otro día. No es bueno a veces pensar mucho; pero no hacerlo tampoco es lo mejor.

Al menos es grata la falsa sensación de que el tiempo se detiene, de que tus miedos y temores no se volverán una realidad, o que la felicidad puede esperar un instante.

Si has llegado hasta aquí y aun deseas seguir leyendo es que probablemente, donde estés, también sean las 3:12 a.m. Y el silencio, que nunca lo es del todo, te rodea.

De todo lo dicho, lo único relevante: El país del silencio y la oscuridad (1971) de Werner Herzog. Si averiguas de qué se trata, habrá una odisea que podrás contar, desde el momento en que leíste el título en un blog extraño hasta que, con tus propios ojos, lograste entender y contemplar lo que Herzog hizo en esa pequeña obra. Pienso ahora en El Grito de Much (1863-1944). Hora de partir.