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lunes, 2 de enero de 2012

Otros días

Hoy sucedió algo extraño: luego de mucho tiempo me sentí libre. Hoy decidí olvidarme del mundo y dije una gran verdad a mis jefes: “Señores, estoy enfermo”. Dejé mi sitio vacío y mi nombre se volvió anónimo. Caminé por las apacibles calles de mi viejo barrio y sentí la brisa del mar que tan cerca de mí siempre ha estado.
Anduve sin prisas, sin premuras ni correrías. Vi el atardecer desde el malecón y la noche me refrescó con una suave garúa. Caminé por las avenidas y ni el ruido de los autos ni el bullicio de la gente me afectaron.

No sentí la agresión constante, diaria y terrible de lo que llaman mundo, ni el dolor de ver cómo las personas no se percatan de sí mismas ni de la vida que se les va, tal como a mí.

En aquellas maravillosas horas no me asaltó desazón, amargura ni angustia alguna. De pronto, en medio de tanta dicha, me detuve. Miré el oscuro cielo y la neblina que se traslucía entre brillos nocturnos. “Parece una noche de otros días” me dije.
Mañana volveré a lo de siempre.

martes, 6 de diciembre de 2011

La balada del vampiro

Dicen que la juventud es un divino tesoro. Yo digo que la juventud es estúpida. Arrogante, cretina, ingenua y torpe. Fácil de engañar y de seducir. Tarda demasiados años en liberarse de sus inseguridades y de limpiarse de su ciega arrogancia, en arrancarse lo fatuo y en valorar lo bello en lo sincero y simple. No es generosa ni agradecida, abusa de sí misma, de todas sus capacidades físicas y sensoriales, y desperdicia su creatividad a flor de piel en una complaciente autocompasión.
El Vampiro de Edvard Munch.
No conoce la moderación en lo adecuado ni en lo vil, y solo entiende de la estridencia y de la furia, del lamento y de la autodestrucción. Dominada por sus instintos primarios, yace en una delirante y afiebrada orfandad de ideas y cautiva en los empalagosos halagos de quienes, ya adultos, lamen sedientos la cercanía de las nuevas almas.
Porque la adultez es igual de estúpida, pero también siniestra. Entre el rezago de los años que se fueron y la cercanía de los pocos que aún le quedan, se complace en susurrar a los jóvenes oídos: “El futuro es vuestro. Todo lo que veis aquí os pertenece. Solo dennos vuestros sueños, vuestros anhelos e ideas, vuestra espontánea  alegría, vuestra energía interminable y la tersura de vuestra piel. Todo lo demás os pertenece”.

Y la historia se repite, sutilmente distinta y por ello aun más terrible.